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DERECHOS HUMANOS Y POBREZA

 Elio Rodolfo Parisí

Lic. en Psicología. Doctorando en Psicología. Docente e Investigador de Psicología Política. Miembro del Proyecto de Investigación “Psicología Política”. Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional de San Luis.
E-mail: erparisi@unsl.edu.ar

En este trabajo pretendo abrir la discusión respecto de uno de los conjuntos humanos que se encuentra despojado del conjunto de sus derechos humanos, el cual representa mundialmente un total de aproximadamente 2.000 millones –un tercio de la población que habita el planeta- de personas esparcidas por todo el mundo y que tiene un denominador común, que es la miseria.

Ninguna persona que levante su voz para defender y proteger los derechos humanos debe ni puede obviarlos: están entre nosotros, poseen las pobrezas más duras de llevar, la del hambre insaciable; la del frío intenso en el invierno y la del calor agobiante en verano; la del aislamiento social; la de las enfermedades crónica pero curables para quienes disponen de dinero; la de las inundaciones que los dejan a la intemperie; la de los sueños imposibles; la de los sin tierra; la del silencio perpetuo.

Ellos están emplazados en asentamientos aislados, o se hayan hacinados en los suburbios urbanos de las grandes metrópolis, castigados por una gran indiferencia social, sometidos sistemática y permanentemente por la violencia policial y militar. Se trata de la pobreza que alimenta a diario la miseria de los excluidos. Se hallan enfrentados cotidianamente con las luchas interminables por la supervivencia. Donde cada despertar, cada amanecer significa el interrogante respecto de qué se comerá, dónde y cuánta cantidad, en un duro enfrentamiento con las horas interminables. Despertando todos los días en medio de la adversidad. Perdiendo con esa brutal cotidianeidad las posibilidades de proyectar, de establecer objetivos, de soñar con un mundo mejor. Siendo el contraste más grande en este mundo pretendidamente progresista. Se han convertido en el espejo en el que no queremos mirarnos, creyendo que si cerramos los ojos ante esa realidad, ésta dejará de existir, en una suerte de solución solipsista. Conforman miles de partes de un mismo espejo hecho añicos. Nos hemos acostumbrado a que formen parte del paisaje, como si fueran un elemento decorativo, pero de mala calidad, estéticamente desagradable a nuestros ojos. Pasamos frente a ellos y ni siquiera nos inmutamos con sus visibles carencias. Nos molestan con su realidad de cara sucia, pocos y mugrientos dientes y ropa andrajosa. Ellos perturban nuestra felicidad con sus gritos desordenados, su suciedad, sus pedidos de limosnas que pocas veces llegan y su enorme cantidad de hijos a cuestas. Nos importunan en las charlas de café cuando se nos acercan para querer vendernos cosas inservibles para nosotros, pero que a ellos les permiten ganar unos pesos. No nos importa su destino de chiquillos de seis años pidiendo monedas por la noche. Nos ponemos en moralistas negando unas monedas a algún adulto porque a priori estimamos que las usará para emborracharse y no para alimentar a su prole. O levantamos discursos éticos en los que sostenemos que dándoles algún dinero no los ayudamos, cuando lo que ellos nos piden es, aunque sea, esa modesta ayuda.

Descubrimos en ellos todos los vicios. Los pobres son feos, son sucios, son malos. No conocen el amor. Violan a sus hijas e hijos. Son promiscuos. No tienen dinero porque no trabajan y si lo hacen no saben ahorrar (Ardila, 1979). No tienen cultura alcohólica, se emborrachan rápidamente. No beben para divertirse, beben porque son viciosos. Viven en ranchos, en casuchas de lata o en bohíos, pero "todos" tienen receptores de televisión. Tienen la extraña capacidad de reproducirse como si fueran conejos. No estudian porque son vagos. No aprenden porque "no les da la cabeza". Los encerramos en orfanatos por temor a que delincan, pero ahí aprender a ser delincuentes. Crecen a golpes y a palos, como delincuentes que no son y que, si lo fueran, tampoco lo merecerían. Los explotamos. Les pagamos con más miseria. Los pobres tienen facilidad para ser asesinos. Las cárceles están llenas de pobres que son delincuentes … o de delincuentes que son pobres. Con ellos la justicia siempre funciona para condenarlos. No tienen quien los defienda. No poseen honor ni dignidad alguna. Los acorralamos en las afueras de las ciudades. Viven cerca o encima de los basurales ya que son la basura de nuestras sociedades (¿suciedades?). La ciencia y sus progresos tecnológicos no los alcanzan. La Iglesia Católica no les permite que controlen su fertilidad. Tienen prohibidos todos sus deseos. La misma Iglesia se opone a que los Estados les den gratuitamente anticonceptivos. Será porque el único deseo que pueden realizar sin costo alguno es el sexual, por lo que se los debe castigar con un número grande de hijos, a los que verán crecer en la miseria, o morir tempranamente. No tienen domicilio fijo. Los políticos los expolian en sus provechos electoralistas. Siempre están presentes en los discursos más progresistas, aunque están ausentes de la aplicación de todas las políticas sociales. Se les ofrece el reino de Dios, a quien no conocen y de quien están siempre olvidados. Los empujan a empellones de los templos cuando piden limosna, para que los piadosos y caritativos fieles dejen la limosna dentro de los "cepillos" de los mismos. Los atropellamos sin piedad con nuestros autos veloces. Les expropiamos sus tierras, a veces aduciendo una posible demencia. Los alejamos de nuestras viviendas alegando que son peligrosos. Los aislamos de nuestros hijos por temer a que les contagien sus piojos. Les tenemos miedo y desconfianza. Para ellos no existen los derechos humanos. Las organizaciones ecologistas no se preocupan de ellos - son más importantes las ballenas, o los delfines, o los gatos pardos o alguna especie exótica en extinción en algún recóndito lugar del mundo-. Viven –sobreviven- a las orillas de arroyos o ríos contaminados, entre cartones, latas oxidadas y cosas inservibles. Sus hijos no son nuestros hijos. Su alegría es vulgar y peligrosa. Sus problemas no son nuestros problemas. No son seres humanos, simplemente son pobres. No tienen seguro social. Los maltratan en los hospitales y con las políticas perversas de salud. Sus dolores no son urgencias para nadie. Mueren sin certificados de defunción, sin autopsias, y sin razones aparentes. Mueren en el más absoluto silencio. No tienen sepelio, ni tumba con nombre. Sus tumbas no tienen cruces. Sus santos no son "oficiales". Creen en santos apócrifos que son calificados como supercherías. Comparten su pobreza en fosas comunes. No tienen obituarios, ni despedidas en los diarios. Sólo son noticia cuando desaparecen colectivamente. Son los desaparecidos por los que nadie lucha. Son los exiliados que viven en un permanente destierro interior. Los gobiernos los ocultan. Afectan el turismo porque afean la estética de las metrópolis vistosas que sirven para ser vendidas al turismo internacional que deja sus buenos réditos en dólares. Nunca tienen vacaciones de la pobreza. Les construimos altas paredes para esconder la vergüenza que nos provocan.

Pero los pobres no tienen vergüenza. No tienen pudor. Sólo tienen miseria. No asisten a las grandes celebraciones. Ellos no tienen grandes celebraciones porque no tienen algo que celebrar. Su alegría, además, es pagana. No hay olimpiadas para los pobres. Ni nuevo milenio, ni años nuevos, ni vidas nuevas.

Los humanistas se han olvidado de ellos. La iglesia siempre los negó, aún cuando sus palabras –las de la hierofanía oficial vaticana- recuerden a un Jesús pobre. Sólo son católicos cuando se los utiliza para que se les prohiba la planificación familiar. Las instituciones estatales no les dan espacio, salvo la cárcel. La salud les es ajena. Mueren por abortos mal hechos, ya que el Estado no los asiste, mientras que los pudientes tienen dineros para pagar sus abortos bien hechos en clínicas privadas. La informática los ignora. Los adelantos espaciales no son para ellos. Nada es para ellos. Sólo se los tiene en cuenta a la hora de realizar algunas estadísticas. La riqueza siempre les es esquiva. Representan el cuarto, quinto y sexto mundo después de los tres primeros mundos. Lugar del que difícilmente puedan salir.

Las Naciones Unidas definen a la extrema pobreza -definición propuesta por un cura, Josep Wresinski- de la siguiente manera:

"La precariedad es la ausencia de una o varias seguridades que permiten a las personas y familias el asumir sus responsabilidades elementales y gozar de sus derechos fundamentales. La inseguridad producida por esta precariedad puede ser más o menos extensa y tener consecuencias más o menos graves y definitivas. Conduce frecuentemente a la gran pobreza cuando afecta varios ámbitos de la existencia, tiende a prolongarse en el tiempo haciéndose persistente y obstaculiza gravemente las posibilidades de recobrar los derechos y reasumir las propias responsabilidades en un futuro previsible".

Despouy (1996), sostiene que esta definición conceptualiza a la pobreza en función de derechos y de responsabilidades. En ella podemos observar la proximidad y la diferencia existentes entre las situaciones de pobreza –en la primera parte de la definición- y las de extrema pobreza, contenida en la segunda parte de la misma. Estas situaciones diferenciales parecen deberse a fenómenos análogos aunque fundamentalmente varían el número, la amplitud y la duración en que se extienden. También demuestra que la línea de demarcación entre la pobreza y la extrema pobreza, siendo como es muy real, puede ser movediza. La persistencia de la situación de precariedades múltiples por un tiempo prolongado, a veces durante varias generaciones, aparece como un elemento que contribuye a agravar una situación de pobreza transformándola en una situación de miseria.

El hecho de poner de relieve y, a la vez, conceptualizar que la extrema pobreza se debe a un "cúmulo de precariedades", nos remite al terreno de la indivisibilidad y de la interdependencia de los derechos humanos. Es decir, en las personas que se encuentran en una situación de extrema pobreza, se puede hallar que no se les respeta alguno de los derechos humanos enunciados en la Declaración Universal. No es posible hablar de libertad, de justicia ni de democracia, cuando una persona no puede vivir dignamente, en términos de lo que se ha definido –desde la Organización Mundial de la Salud- como "calidad de vida".

Cuando las personas no son merecedoras de que se les respete un derecho, no se puede esperar que se le respeten los otros, ya que los derechos son indivisibles: todos están interrelacionados con la dignidad humana. Y sobre este concepto no podemos abrir discusión alguna, ya que la dignidad humana es un concepto categórico y valorativo indivisible, que ya está presente en la Declaración Universal. No existe la posibilidad de cuantificar en mayor o menor grado a la dignidad.

Esto plantearía la necesidad de reflexionar respecto de porqué los derechos humanos son relativamente más importantes si están referidos a un individuo de clase media, o de clase alta. O si los que son ofendidos en sus derechos pertenecen a "la clase política" o se trata de los de un intelectual. Esta expresión "clasista" de los derechos humanos se vuelve categóricamente contra las raíces filosóficas que sustentan a los mismos, entre los cuales está el concepto de igualdad. Y esto no es casual ni accidental. De hecho vemos que la burocracia y la impronta clasista que envuelven a las prácticas de las Naciones Unidas -en tanto entidad que tendería a garantizar la aplicación universal de los derechos humanos- distan bastante en su aplicación de sus originales enunciados fundantes. Alcanza como muestra el observar el tipo de vida que detenta un funcionario de aquél organismo, donde su cargo tiene mayor categoría y rango comparado con cualquier otro diplomático de cualquier país. Ese alejamiento institucional de los verdaderos problemas y de las auténticas soluciones que envuelven a los desposeídos de los derechos humanos, reflejan un estado de cosas y de situación en la que lo que verdaderamente importa es el status de la función y la función en sí misma, y no así los objetivos explicitados en la Declaración Universal. Las Naciones Unidas son más unidas en sus objetivos y políticas en cuanto garanticen el status quo de las naciones dominantes y tiendan a perpetuar el capitalismo globalizador. Y para esto se les permite utilizar cualquier arma. Como ejemplo basta con recordar el ataque de la OTAN a la ex Yugoslavia en nombre de la democracia -1998- mientras se "festejaban" los cincuenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En la realidad palpable cotidianamente, los pobres adolecen de la protección de los derechos humanos. Representan a una clase social abandonada por la humanidad, de la que no ha recibido la sensibilidad necesaria que pueda articularse en conductas que tiendan a revertir aquellas infrahumanas condiciones de vida.

A la pobreza se la conceptualiza desde diferentes expresiones: "pobreza absoluta", "pobreza extrema", pobreza crítica", "pobreza aguda", "indigencia", "gran pobreza", "miseria", "por debajo de la línea de pobreza", etc.; que en sí todas ellas engloban un mismo fenómeno, sólo que podemos diferenciar, tal como sostuvimos al escribir la definición, la diferencia entre pobreza y pobreza extrema.

La Organización Mundial de la Salud -OMS- sostiene que el asesino, el verdugo más eficaz y despiadado y también la causa de mayor sufrimiento en esta tierra, es la miseria. Resulta impresionante comprobar la forma en que se agranda la brecha entre quienes disponen de un buen estado de salud y los pobres, no sólo entre las diferentes regiones y los países, sino también entre las poblaciones de un mismo territorio. Más aún, la lógica perversa que promueve esta espiral de exclusión se proyecta incluso al interior de las poblaciones desfavorecidas, afectando en particular a los niños, a los ancianos y a millones de mujeres.

La OMS clasifica a la extrema pobreza, con el código Z 59.5., dentro de su Clasificación Internacional de Enfermedades, como la más cruel de las dolencias. Sostiene que la pobreza es el motivo de que no se vacune a los lactantes, de que las poblaciones no dispongan de agua potable apta para el consumo humano ni de estrategias de saneamiento ambiental adecuado; de que los medicamentos curativos y otros tratamientos adecuados resulten inaccesibles al alcance de los pobres y de que las madres mueran al dar a luz. Es la principal causa de la baja esperanza de vida al nacer y de las discapacidades e invalideces que provoca el hambre, entre otras cosas, por la falta de fósforo en el cerebro.

Es también una de las grandes responsables de las enfermedades mentales, del estrés, los suicidios, la depresión, la desintegración de la familia y las toxicomanías. La pobreza ejerce una influencia nefasta en todas las etapas de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte. Conspira con las enfermedades más asesinas y más dolorosas para hacer miserable la existencia de todos los que la padecen.

Desgraciadamente, la OMS sólo se queda en la investigación y la denuncia, pero no avanza en explicar, no sólo en qué factores denigrantes deviene la pobreza, sino, porqué razones existe tanta pobreza expandida por el mundo. Es decir, denuncia las consecuencias, pero no menciona las causas de la pobreza, descripta como un fenómeno en permanente crecimiento, donde los efectos de la globalización del imperante sistema capitalista de vida, han venido agravando la curva de crecimiento de la misma durante los últimos 20 años, de una manera más que alarmante y preocupante. A tal punto esto es así, que el multimillonario G. Soros hubo de reconocer en la Conferencia Mundial de Comercio (Seattle, 1999) que "No podemos separar la riqueza de su distribución". A lo que agregó, "… en realidad las reglas de juego internacionales son injustas e impuestas por el centro privilegiado a costa de la situación de la periferia". Es obvio que a confesión de partes, relevo de pruebas.

Pero la pobreza no solamente afecta a los habitantes de las naciones pobres. La pobreza crece también encerrando en un círculo vicioso a los países ricos. Esto es claramente observable en Europa Occidental, donde en todas las fronteras acechan millares de pobres -y personas de clase media devenidas económicamente en pobres (los nuevos pobres)- para ingresar a sus territorios intentando obtener los beneficios de la riqueza. ¿O acaso, por su parte, los Estados Unidos de Norteamérica no auxilian permanentemente a México evitando la entrada de millares de inmigrantes?.

Es evidente que no existen países ricos porque sus habitantes sean solamente buenos administradores -aún cuando esto influya directamente en una economía floreciente en los grandes números para las estadísticas- ellos existen por esa consecuencia inmediata producto de su propia dialéctica perversa: deben existir pobres para que existan ricos; deben existir naciones pobres para que las naciones ricas dilapiden los recursos mundiales en su propio provecho. ¡No tenemos a nuestro alcance otra explicación tan aparentemente obvia y simple para este fenómeno que la que venimos sosteniendo!.

Y en esta paradoja tan usual y prototípica, lo común y observable se transforma en lo "normal" –en lo habitual- ante la vista y el razonamiento del resto de las sociedades. Por lo que los pobres se constituyen, para el imaginario social, en una de las partes que conforman cualquier sociedad o cultura. Estancando así cualquier posibilidad de razonamiento que nos conduzca a plantearnos el real porqué de la pobreza. Los análisis de las consecuencias de ésta no contribuyen a pensar en la verdadera forma de eliminar a la pobreza como fenómeno social y mundial, sino que contribuyen pensar en cómo frenar sus consecuencias que, al obviar sus causas, se la termina tratando -a la pobreza- como un síntoma y se pierde el verdadero horizonte de la problemática que plantea. Por otra parte, y como consecuencia de este planteo, inmediatista y a corto plazo, observamos que al ser tan escalofriantes las consecuencias de la pobreza, las respuestas que se pueden ofrecer políticamente se convierten en inalcanzables y terminan siendo meramente asistencialistas, lugar que garantiza, por otra parte, la inmovilidad social de los actores involucrados. Si un pobre tiene garantizada una mínima bolsa de comida, qué otra posibilidad le queda de buscar otra cosa, si los resultados de tal búsqueda ya los conoce de antemano: la nada. En la construcción de su imaginario social está presente el "fatalismo", como bien lo definiera Martín Baró (1987) en su vasta obra de contenido psicosocial y, fundamentalmente, humano. Y en los países donde la política –en realidad los políticos- acude únicamente para servirse con lo que es de todos, es decir, para su propio beneficio, los pobres están a la merced de la demagogia política: entonces el asistencialismo se consagra como práctica social y política conllevando a la inmovilidad social, al surgimiento del síntoma presentista del aquí y ahora. Es que la inmovilidad social impregna a todas las clases sociales: a los ricos les interesa mantener las cosas tal como están; la clase media –¿o mediocre?- más sensibilizada con la pobreza no por una identificación vicaria con aquella, sino debido a que teme caer en esa denigrante condición debido a la pérdida permanente de sus derechos e ingresos; y, los pobres, desde su subjetividad, no encuentran otras alternativas válidas.

Asbjorn Eide (1989) sostuvo en su informe sobre los "derechos a una alimentación adecuada", presentada ante las Naciones Unidas, que más de mil millones de personas padecían crónicamente de hambre y ningún otro desastre había causado tantos estragos como el hambre, que en los dos años anteriores había provocado más muerte que las dos guerras mundiales del Siglo XX en su conjunto.

Más allá del dato escalofriante que nos brinda Asbjorn Eide, observamos también como las Naciones Unidas acuden a los lugares donde existen hambrunas enormes llevando bolsas con comida, medicamentos, hospitales de campaña, etc.; en una suerte de postal turística repetida, donde se muestra y expone la ineludible tarea asistencial de esa entidad, para demostrar al mundo su calidad humanitaria; en tanto ella se consagra, tal como vengo sosteniendo, para el mantenimiento de los intereses de los países más desarrollados, a quienes los ubica como los guías de su destino, y –quizás por ello mismo- deja de cumplir, como decíamos, con sus objetivos de buscar el "equilibrio" entre las naciones poderosas y las que no lo son.

Recientemente -enero de 2001- se denunció en Porto Alegre, Brasil, que la suma de las riquezas de sólo tres norteamericanos –archimillonarios ellos- representaba el Producto Bruto Interno de 42 países pobres. ¿Y si esto no se llama capitalismo salvaje en su más clara expresión, qué otro nombre podemos colocarle? Es una aberración lo citado. Pero, ¿a quién escandaliza?.

En el estudio realizado por Despouy (op. cit.) sobre los derechos humanos y las personas discapacitadas, la mal nutrición y la miseria figuran entre las principales causas directas de discapacidad, además de ser un factor agravante de las mismas.

Según la Comisión de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (1994), la pobreza extrema está "… estrechamente relacionada con otros aspectos inquietantes de la condición humana: uno de ellos es el hecho de que la mayoría de las poblaciones muy pobres del mundo están constituidas por mujeres, niños o personas de edad que suelen depender de mujeres". La mujer es la que soporta la mayor carga, debido a la perversa división social del trabajo, y deben administrar el consumo y la producción del hogar en condiciones de creciente escasez. Entre todas ellas, las mujeres que habitan en las zonas rurales son las que se encuentran en peores condiciones de precariedad.

Una de las más graves consecuencias que genera la extrema pobreza es la existencia de los llamados "niños de la calle". La OMS (op. cit.) señala que un gran número de ellos no han alcanzado aún la edad legal para contraer matrimonio, no tienen padres ni tutores, no conocen a adulto alguno en quien puedan confiar, que raramente han ido a visitar a un médico, no tienen medios de subsistencia propios que no sean la mendicidad o el "raterismo", ni disponen de información necesaria para moverse en el mundo como personas responsables. Continúa señalando el informe que tanto las niñas como los niños son altamente vulnerables al uso indebido de estupefacientes, la prostitución y todas las formas de explotación delictiva conocidas, y, en algunas regiones, pueden incluso ser ejecutados por "escuadrones de la muerte" que son contratados por comerciantes y vecinos para desembarazarse preventivamente de futuros delincuentes. A causa de esas miserables condiciones de vida, en Río de Janeiro el 55% de los niños de la calle han reconocido que alguna vez han intentado suicidarse.

Según estimaciones recientes habría en el mundo unos cien millones de "niños de la calle"; se calcula que existirían unos 40 millones en América Latina, 25 millones en Asia, y 10 millones en Africa, además de 25 millones en otras regiones del mundo, incluso en los territorios del mundo desarrollado, de aquel que se ufana en ser el Primer Mundo.

En el informe de 1995, presentado por el Banco Mundial, respecto de la pobreza, se afirma que por año mueren 3 millones de niños por causa de falta de agua potable apta para el consumo humano en los países en vías de desarrollo; 12 millones mueren por otras causas –perfectamente previsibles y curables la mayoría de ellas- antes de cumplir cinco años y, 130 millones no pueden asistir a la escuela. Más de un millón de niños padecen de ceguera por ausencia de vitamina A en sus dietas alimentarias y 50 millones de los que viven en zonas mediterráneas sufren enfermedades graves, tanto mentales como físicas, por falta de una provisión de yodo suficiente.

Acá también es destacable -y muy curioso- el papel que desempeña el Banco Mundial, claro exponente de los intereses financieros y económicos dominantes. Por un lado, en una actitud insólita estudia lo que le sucede a millones de niños pobres en el mundo, en una suerte de hipocresía social elevada a su mayor exponente. Por otro lado, y cumpliendo sus funciones "primordiales" para las que fue creado en 1944, asfixia a una enorme cantidad de países dependientes y empobrecidos con sus clásicas política que generan hambre, desocupación, pobreza y marginalidad, aumentando las ya existentes condiciones de miseria. Al respecto, Gacette (2000) señala: "El FMI y el Banco Mundial reconocen abiertamente que son conducidos solamente por los aspectos económicos y utilizan así a varios regímenes autoritarios o dictatoriales dispuestos a lucrar con ellos. No hay decisiones democráticas en estas instituciones, pues los derechos de decisión de los miembros depende de la cantidad de dinero invertido según el principio <<más dólares, más votos>>. En el marco de los programas de ajuste estructurales, el FMI y el BM determinan las condiciones determinantes para los préstamos con que se provee a los países en vía de desarrollo, incluyendo la desrregulación, la liberalización y la privatización. Estas medidas fortalecen la posición del capital transnacional pero empeoran la situación de la mayoría de la población en el mundo. El retiro de las regulaciones sociales y ambientales, que pudieran <<desalentar>> a los inversionistas, y el recorte del gasto dan como resultado la inaccesibilidad del cuidado médico y de la educación, de aumentos en el costo de la vida, las reducciones de trabajo, el desempleo, y el empobrecimiento de los derechos sindicales".

El ya mencionado Despouy (op. cit.), continúa señalando que en los países de bajos ingresos per cápita, más de la mitad de los niños pequeños están anémicos y de esa manera se da inicio el círculo vicioso de la pobreza: madres desnutridas dan a luz a niños que no poseen el peso suficiente para criarse adecuadamente y que, con alta probabilidad, se convertirán en la siguiente generación de pobres.

En el Informe sobre la situación social en el mundo -1993/1995- el Departamento de Desarrollo Económico y Social se indica que la pobreza se ha acentuado en Africa y América Latina en los diez últimos años.

Minujin y Kessler (1995) señalan que existe en la Argentina una nueva categoría de pobreza, determinada por la estrepitosa caída de la clase media argentina, a partir de la mitad de la década del 70, especialmente en el año 1976. No es casualidad que en ese año, tal como hemos visto a lo largo de este escrito, se produjo el golpe de Estado más sangriento de la historia Argentina. No es casual que con el mismo se hayan intervenido los sindicatos, se hayan detenido y/o desaparecido a los dirigentes sindicales, a los líderes sociales, a estudiantes y docentes progresistas y se haya aplicado una política económica capitalista –de la mano de un régimen autoritario- que está en franca oposición de los proyectos políticos y sociales solidarios.

Esto también lo sostiene el Informe que mencionáramos anteriormente, donde se establece que los progresos que en América Latina se produjeron a principios de la década de los ‘70, que habían permitido combatir con relativo éxito la pobreza por su rápida expansión, se vieron reducidos a la nada en el decenio de 1980.

Los datos ofrecidos son los siguientes:

- Principios de 1970: el 40% de las familias de la región vivían en la pobreza.

- Mediados de 1970: el 35% de las familias de la región vivían en condiciones de pobreza.

- Fines de 1980: el 37% de ellas y el 44% de la población total vivían en la miseria.

Los datos referidos a nuestro país no son menos escalofriantes. La Argentina ha sufrido una delicada -y quizás irreversible- precarización del Estado de Bienestar que se había conseguido durante la década del cincuenta, época en la que la Argentina tuvo una política social de gran alcance, que elevó la calidad de vida de los argentinos, así como tuvo una importante repercusión el hecho de que se ampliaran los derechos de los trabajadores; que hubieran políticas de crecimiento, se instaurara el voto femenino, se creara la industria pesada, etc. Esto, nobleza y rigor histórico obligan, llegó de la mano del Movimiento Justicialista, partido y movimiento obrero organizado por Juan Domingo Perón.

Minujin y Kessler (op. cit.) sostienen que la "nueva pobreza" deriva del proceso de empobrecimiento acumulativo que sufrió la gran mayoría de los habitantes de la sociedad argentina. Este proceso, al decir de estos autores, casi no tiene parangón en otras sociedades del planeta. El conjunto de los trabajadores perdió en las últimas dos décadas el 40% del valor de sus ingresos. En el Gran Buenos Aires, entre 1980 y 1990, la pobreza creció un 67%. Ahí se destaca el aumento de los nuevos pobres, que crecieron en un 338%. En tanto que los ex pobres estructurales -pobres de vieja data- que en el pasado pudieron escapar de la miseria, entonces cayeron por debajo de la llamada eufemísticamente "línea de la pobreza", la que representa el ingreso mínimo necesario para poder adquirir la conocida canasta básica de bienes y servicios.

Los datos más recientes respecto del proceso continuo en que se ha convertido el crecimiento de la pobreza en la Argentina, son los siguientes: "El 28,9% de la población de la Capital y el Gran Buenos es pobre, de acuerdo con los datos oficiales del INDEC divulgados ayer. En la Capital abarca al 9,5% y en el connurbano al 35%. Así, mientras en la Capital una de cada 10 personas es pobre, en el Gran Buenos Aires una de cada tres personas vive por debajo de la línea de pobreza".

"Esto significa que 3.466.000 personas, entre porteños y habitantes del connurbano, no tienen ingresos suficientes para costear una canasta de alimentos y servicios básicos. Y de estos 3,5 millones de pobres, 921.000 son indigentes porque ni siquiera pueden adquirir una canasta mínima sólo de alimentos".

"Con estas cifras, durante el año pasado, en la Capital y el Gran Buenos Aires, 300.000 personas se agregaron al contingente de los nuevos pobres, lo que equivale a un aumento del 10%. En octubre de 1999 la pobreza en la región metropolitana abarcaba al 26,7% de la población, ascendió al 29,7% en mayo pasado y se ubicó en el 28,9% en octubre último".

"El grueso de la pobreza se concentra en el Gran Buenos Aires, donde alcanza al 35% de los casi 9 millones de habitantes, lo que suma casi 3,2 millones de personas. Los restantes 300.000 pobres viven en la Capital. Aun así, el dato más preocupante es que respecto a un año atrás, la pobreza pegó un fuerte salto en la Capital: pasó del 8,3% al 9,5% de la población".

"En el llamado "segundo cordón" del GBA —que comprende distritos como Merlo, Moreno, Berazategui, San Fernando y Tigre— la pobreza subió del 40,2% en octubre de 1999 al 43,2% de la población en mayo. Así, en una región con casi 5 millones de habitantes, unos 2.200.000 viven por debajo de la línea de pobreza".

"Como la pobreza en el resto del país es superior a la del Gran Buenos Aires, se estima que casi el 40% de los argentinos es pobre. De esta manera, sobre una población total de 37 millones de personas, habría casi 15 millones de pobres. La última medición oficial registró una pobreza urbana en todo el país del 37%".

"Con todo, lo que más aumentó fue la indigencia, la franja más pobre de los pobres, que subió de 794.000 a 921.000 personas, un incremento del 16,4%.

"Casi toda la indigencia se concentra en el Gran Buenos Aires. Así mientras en la Capital abarca al 1,8% de la población porteña, en el connurbano trepa al 9,5%, con la particularidad que salta al 11,7% en el segundo cordón".

"El aumento de la pobreza y de la indigencia en la región metropolitana, en el último año se debe a varios factores:

· Aumentó el desempleo.

· Se redujo la cantidad de gente ocupada.

· Disminuyeron los ingresos para el 70% de la población de la región.

· Se redujo el número de beneficiarios de los planes de empleo y también la ayuda económica: los subsidios de 200 pesos bajaron a 160 y los 160 a 120 pesos".

Sin pausa

"Con la salida de la hiperinflación y el comienzo de la convertibilidad, el número de pobres se fue reduciendo hasta bajar al 16,1% en mayo de 1994, equivalente a casi 1,8 millón de personas. Desde entonces, con el aumento del desempleo, del trabajo en negro y la caída de los salarios e ingresos, la pobreza creció un 93%. Así, entre mayo de 1994 y octubre del 2000 —período que combina etapas de gran actividad y otras recesivas— casi 1,7 millón de personas ingresaron a la pobreza".

"También dentro de este aumento de la pobreza lo que más creció fue la indigencia: de un mínimo de 324.000 personas en octubre de 1991 saltó a 921.000 en octubre pasado: un aumento del 184%".

"Estas cifras marcan cómo una franja de la población sufrió un deterioro de sus ingresos y una porción creciente se transformó en "pobre estructural". (Diario Clarín, Bs. As., 3 de febrero de 2001).

Según datos conocidos a finales de abril del 2001, cuatro personas cada 15 minutos pierden sus empleos, con escasas posibilidades de conseguir otro equivalente o que le permita la subsistencia.

Los datos de la realidad trascienden cualquier ficción superándonos día a día y, para darles la verdadera connotación que éstos tienen, convendría releer el comienzo del capítulo.

En este punto me parece interesante hacer la siguiente observación. Durante los diez últimos años "desapareció" -literalmente- el concepto de "canasta familiar" -manera en que comúnmente se denominaba a la canasta básica de bienes y servicios- del lenguaje tanto cotidiano, como de los discursos políticos y del lenguaje comunicacional de los medios masivos de comunicación. Fueron los sindicalistas quienes nos familiarizaron con ese concepto, básicamente por que uno de los pilares de sus luchas era que los trabajadores pudieran, con sus salarios, alcanzar a adquirir la canasta familiar. El cambio producido dentro del sindicalismo argentino durante la aplicación de la política económica neoliberal, durante el gobierno de Menem, llevó a que los sindicatos dejaran de "luchar" –especialmente los dirigentes sindicales que prefirieron defender sus intereses espurios y no el de los trabajadores- por la canasta familiar. Su falta de protección y las actuales dificultades estructurales macroeconómicas para alcanzar, por parte de los trabajadores, el objetivo de la canasta familiar, hicieron que el concepto dejara de estar presente en nuestro lenguaje, conllevando, como consecuencia de esto, a la "no lucha" por ese derecho.

Vale decir, desapareció el concepto, por lo que desapareció el derecho. Por otra parte, se ha vuelto tan difícil para el común de la gente la posibilidad de alcanzar, a través de sus ingresos, la canasta básica de bienes y servicios, que con esto se ha contribuido a que el término vaya perdiendo su valor en el imaginario social.

Los nuevos pobres pertenecen a la clase media argentina que se vio mancillada y atropellada por la aplicación de políticas económicas liberales, como son el achicamiento de un Estado poderoso, aumento en su déficit fiscal interno, crecimiento desmedido de la deuda externa, falta de financiamiento de los sistemas estatales –salud, educación, vivienda, justicia, seguridad, etc.-, pérdida del control del Estado sobre la empresas privadas, privatizaciones violadoras de los principales servicios que debe ineludiblemente debe atender el Estado, todo esto con el consiguiente despido masivo de personal, falta de riqueza del Estado y enriquecimiento feroz de los inversores, ya sean internos como externos. Mientras más crece la pobreza, más se enriquecen los ricos en la Argentina. La ecuación histórica es la misma: a mayor concentración de poder económico de unos pocos, mayor aumento y distribución de la pobreza en la población.

La Argentina se ha convertido en el gran negocio de las empresas privadas, especialmente de las transnacionales, que se han apoderado del capital económico del Estado. En el marco del inusitado aumento de la pobreza, dos empresas telefónicas transnacionales -Telefónica y Telecom- facturaron durante los primeros 8 años de existencia en este país, la suma de nueve mil millones de dólares (U$S 9.000.000.000), con bajas contrataciones de personal, la utilización del recurso de los contratos "basura", que benefician siempre a la empresa, y llevándose el dinero al exterior porque la Argentina "no es un país confiable".

Se privatizaron los ferrocarriles con el sostenido y ultra repetido discurso proveniente desde la derecha, que daban "déficit" al Estado. En la época en que pertenecían al Estado, los ferrocarriles daban trabajo a más de 90.000 trabajadores, además de todas las micro economías que giraban a su alrededor en los pueblos por donde pasaban (venta de productos regionales y de hechura casera: empanadas, frutas de estación, vinos caseros, tortillas, pan casero, etc.), además de brindar un servicio barato, al alcance de los menos pudientes. Resta decir que a los pueblos alejados -que son muchos en la extensa y solitaria geografía argentina- llevaban desde el agua hasta la correspondencia, cumpliendo un verdadero papel social. El ataque para que los ferrocarriles pasaran a ser un buen negocio de las empresas privadas señalaba que daban una pérdida diaria de un millón de dólares diario. Por cierto que nunca se demostró tal afirmación. Una vez privatizados los ferrocarriles, en la actualidad, dan trabajo a 5.000 personas, llegan únicamente a las zonas rentables para los permisionarios, lo recaudado queda en manos de la empresa pero, además, ¡desde que fueron privatizados reciben subsidios por más de 300 millones de dólares anuales!

Con las rutas nacionales ha sucedido algo similar, ya que las empresas que tienen la concesión reciben subsidios, cobran a los conductores de vehículos por utilizar esas rutas que se construyeron con dinero del Estado, y además sólo las han maquillado, ya que siguen siendo muy transitadas, continúan siendo inseguras y, además, no permiten que sean utilizadas rutas alternativas, ya que nunca las hicieron, violando el principio constitucional del libre circulación por el territorio de la República Argentina.

En la Universidad y en la toda la administración pública nacional, desde 1990 se congelaron los sueldos, solamente fueron descongelaron durante el año 2000 ¡para hacerles dos reducciones en los ingresos mayores a 1.000 pesos!.

A la clase media permanentemente se le van quitando sus derechos humanos. No existe la igualdad de oportunidades. La educación dejó de ser una instancia pluralista, para convertirse en el reducto de unos pocos privilegiados. Mientras que la mayoría de los jóvenes no termina la educación primaria y menos aún la secundaria, los sectores poblacionales más pudientes envían a sus hijos a realizar postgrados al exterior, abriendo una brecha educativa y de posibilidades insalvable entre unos y otros.

La mayoría de los jóvenes argentinos buscan la posibilidad de ir al exterior en la búsqueda de una vida digna. No buscan enriquecerse, buscan obtener lo que hasta hace dos décadas era moneda corriente en este país. Miles de profesionales jóvenes -que son formados por el país- escapan a una vida modesta, o al desempleo, o la imposibilidad de trabajar en sus profesiones, sin demasiadas expectativas de progreso, en dirección hacia el exterior. Se ha invertido la ecuación: mientras que en la Argentina inmigraron más de 5.000.000 de personas provenientes, en la mayoría de los casos, de la Europa pobre y en guerra, en la actualidad los jóvenes buscan alejarse del país que los vio nacer y educó con su sacrificio.

Este no es un fenómeno exclusivo de la Argentina, se repite a lo largo y ancho de Latinoamérica y de los países pobres.

Además no se avizoran posibilidades de cambio o de mejora. Mientras mayor es la deuda externa, menores serán las posibilidades de mejorar. Los pobres serán más pobres, especialmente los de la clase trabajadora y en las zonas urbanas, en tanto que los ricos han superado los niveles de riqueza históricos del país, estableciéndose a partir de la década del 90 la clase nueva de los archimillonarios. Así la Argentina ha conformado dos sociedades que desconfían una de la otra. La brecha que se ha abierto entre ellas es cada vez grande. Mientras que los empobrecidos asisten a la vida de cristal de los nuevos ricos -que disfrutan con una pornográfica y desmedida exhibición de sus (¿mal?) habidos bienes- estos últimos se van aislando ida a ida debido al crecimiento de la violencia y la delincuencia, a lo que deben sumarse las adicciones que no solamente son un factor de peligrosidad para la propia seguridad, sino que estéticamente empobrecen el paisaje urbano. Los nuevos ricos viven aislados en sus casas de cristal, enfermos de odio y temor hacia los pobres que los miran con recelo y que no entienden cómo se puede tener tanto en tan poco tiempo y con tanta facilidad e impunidad.

La Argentina ya no es la misma, la del imaginario social del progreso, la de los derechos de los trabajadores, la de los sindicatos fuertes, la del movimiento obrero más importante y mejor organizado de Latinoamérica, la de un próspero estado industrial. La Argentina se ha vuelto expulsiva de sus ciudadanos. Sólo les abre la puerta y contiene a unos pocos.

Y este fenómeno nos es un hecho natural de cambio de la sociedad. Muchos intereses existieron, y existen, para que la Argentina se empobreciera y violara los derechos humanos de la gran mayoría de la sociedad argentina. No ha sido un hecho casual, ha sido fruto de las políticas ya mencionadas que han producido el desamparo social. Por cierto que la irrupción de estas políticas en el Estado argentino no fue un hecho azaroso ni accidental. La expresión política de la derecha argentina siempre quiso retornar al país anterior al creado por el populismo peronista, aquel país donde la oligarquía poseía un poder omnímodo sobre los bienes y la vida de sus súbditos. Para esto se utilizaron durante años los servicios del ejército, quienes en nombre de una patria "grande y generosa" derribaron a los gobiernos constitucionales y democráticos. La última dictadura (1976-1983) fue la más feroz y sanguínea. Dejó un sello indeleble en la sociedad: 30.000 desaparecidos, terror, torturas, estado de sitio, violación a las normas constitucionales, desmovilización social, etc. Luego, con el retorno de la democracia, se le asestó otro golpe a la sociedad: en la época del Gobierno de Alfonsín (primer gobierno constitucional posterior a la dictadura de 1976) se desencadenó la mayor hiperinflación que registró la historia argentina, con un aumento del índice de vida de más del 5.000 % anual. Fue un verdadero golpe de Estado planificado y orquestado por los centros financieros y económicos locales, con apoyo logístico del exterior, enmascarado tras una verdadera desestabilización económica que, obviamente, perjudicó más gravemente a los sectores más desprotegidos de la sociedad. Así fue posible, debido a la gran desmovilización social provocada por el terror y luego por el hambre, en un gobierno que asumió sosteniendo en su campaña política que representaba los intereses populares, aplicar las políticas impuestas por el FMI y el Banco Mundial. Por cierto que me estoy refiriendo al gobierno de Menem. Era impensable, antes de los sucesos mencionados, sostener que en la Argentina se lograra el objetivo de poder "achicar" al Estado, aplicar una política financiera que nos ligara a los destinos de los EE.UU., privatizar indiscriminadamente, etc.

Y desde acá comenzó otra historia. La nueva historia de los desposeídos de los derechos humanos en la sociedad globalizada contemporánea. Pero en esto la Argentina no ha sido la excepción de Latinoamérica: el sometimiento, la pobreza, las matanzas, la expoliación, la explotación, la marginación, etc., son hechos a los que los latinoamericanos están acostumbrados. Sólo que la Argentina es un actor reciente en ese escenario escabroso.
 
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